Ya habiendo aprendido sobre la ley de enfriamiento de Newton, decidí ponerme a hacer otras cosas, todo había quedado muy claro. Pasaron los días y llegó el sábado, todo normal, quería invitar a algunos amigos a comer algo rico y así fue. Salí al mercado a comprar un gran pavo y otros ingredientes para la cena —qué se yo, tenía hambre y hay que comer, además ni sé por qué un pavo, de cena, y no otra cosa—.
Cuando finalmente terminé con el pavo, lo saqué del horno, todo rostizado, muy sabroso y ¡muy caliente! (pero igual, así lo quería, calientito). El pavo estaba a 185°F, o sea, estaba caliente. Pero, el ambiente estaba a 75°F y el pavo se me iba a enfriar antes de que llegaran los invitados (que eran algo incumplidos al pavo) que no iban a poder disfrutar el pavo conmigo. A la media hora, el pavo estaba a 150°F y yo me comenzaba a preocupar. Entonces, me pregunté a mi mismo, cuál sería la temperatura a 45 minutos después. Rápidamente, me entro la gran duda, qué sería, a qué hora (sabiendo que saqué el pavo a las 7:12 pm) el pavo ya se habría enfriado a 100°F.